Los dolganos son un pueblo pastor y cazador de renos. Sabios del hielo, viven en el corazón del frío. Los herreros de su gente son tratados por ellos con una veneración muy particular, más grande, si cabe, que la que reciben los chamanes suyos, los sacerdotes medicinales.
Una creencia de los dolganos (y, sabemos, toda creencia es metal que se funde con gran lentitud) expresa de manera fuerte su visión: los chamanes no poseen la capacidad de tragarse el alma de los herreros mientras que los herreros, ellos sí, logran apoderarse del alma de los chamanes y consiguen, además, incendiarla. La relación de los chamanes y la temperatura es muy conocida. Se dice de ellos que pueden soportar temperaturas extremas, demasiado frías o demasiado altas. Debe de ser así, pues las pruebas de resistencia extáticas denotan, para los pueblos chamánicos, una “perfecta libertad”.
El paso del cuerpo del estado helado al calor extremo (paso conocido, a su modo, por los herreros) es, por decirlo así, una exigencia de su naturaleza. Por tanto, el hecho de que para los dolganos los herreros consigan devorar el alma de los chamanes, y no al revés, es una muestra del poder mágico religioso que es y ha sido atribuido, a lo largo de los muchos contextos arcaicos, a quienes moldean el metal.
